Dominik Hernando Frenkler
Profesor Titular en Escuela Internacional de Hosteleria y Turismo de Málaga.
Vivimos en una época en la que cocinar en casa se está volviendo casi un acto de resistencia. Cada día son menos las personas que se ponen ante una tabla de cortar, que pelan una cebolla o que esperan pacientemente a que una salsa reduzca mientras despierta su aroma en toda la casa.
En cambio, las estanterías de los supermercados rebosan cada vez más de platos precocinados, preparados «listos para comer», o productos que prometen “ahorrar tiempo” a costa de algo mucho más valioso: la experiencia humana de cocinar.
Lo más preocupante no es solo la comodidad que ofrecen —tan fácil como abrir un envase y meterlo al microondas—, sino la progresiva desaparición de las cocinas en los nuevos hogares. He visto pisos nuevos donde el “espacio de cocina” no es mucho más que una encimera con una pequeña placa de inducción y, si hay suerte, un microondas. Se ha reducido la cocina a una mera función utilitaria: calentar, no elaborar. Cocinar, en ese contexto, se convierte en algo casi exótico.
Sin embargo, para quienes nos dedicamos a esta profesión, la cocina no es solo un oficio: es cultura, identidad, comunicación y, sobre todo, aprendizaje. Cada cuchillo que se empuña, cada receta que se comparte lleva detrás una historia y unas manos que la transmitieron. Si apagamos las cocinas de las casas, apagamos también la chispa donde muchas veces nacen los futuros cocineros y cocineras.


El hogar como primer taller de cocina
En mi caso, esa chispa se encendió en casa. De niño, mis primeras clases de cocina no fueron en una escuela profesional, ni con un libro de recetas, sino en la cocina de mis abuelas, de mi madre, de mis tías y de algunos de mis tíos. Allí, entre aromas, voces mezcladas y cazuelas burbujeantes, empezó mi curiosidad por ese arte de transformar los alimentos en alegría.
Yo soy alemán, pero mi familia paterna es de Burgos. En casa coexistían dos idiomas, dos culturas y, a veces, dos maneras de entender la vida. Sin embargo, en la cocina nunca hubo barreras lingüísticas. Fue precisamente allí donde descubrí que la cocina tiene un idioma universal: el del compartir, el del gesto, el del olor que anuncia que algo está por salir del horno.
Como docente, he vuelto a encontrar ese mismo milagro. He tenido alumnos de Málaga, de Senegal, de Buenos Aires y de tantos otros lugares. Cuando entraban en la cocina, las diferencias se diluían. El idioma que hablaban era el de la atención, el respeto por el producto y el deseo de aprender. Allí da igual el acento o la procedencia: todos remangados, todos afanados en que el plato salga bien. Esa magia no se enseña en libros; se vive cocinando.

El peligro de una cocina vacía
Por eso me preocupa ver cómo desaparece poco a poco la cocina doméstica. No porque falten electrodomésticos o ingredientes —eso sobra—, sino porque falta tiempo, voluntad o costumbre. Nos hemos acostumbrado a asociar la cocina con la pérdida de tiempo o con una tarea tediosa, cuando en realidad es una oportunidad para cuidarnos.
Cocinar es una forma de expresar cariño, de detener el reloj un momento para decir: “Esto lo he hecho para ti”. Es también una herramienta de salud. Sabemos qué ponemos en el plato, controlamos la calidad, las grasas, la sal, el azúcar. La cocina casera es, en definitiva, un acto de soberanía alimentaria. Al comer solo productos procesados, entregamos el control de lo que ingerimos a la industria, y eso tiene consecuencias tanto físicas como culturales.
Imagino una generación que crece sin haber visto nunca a alguien cocinar un guiso, sin oler pan recién hecho, sin saber cómo se limpia un pescado o se corta una alcachofa. ¿Cómo van a aparecer nuevas vocaciones gastronómicas si el primer contacto con la cocina se reduce a un envase de plástico y un temporizador de microondas?
La cocina, en muchos hogares, era el lugar donde se contaban los secretos familiares, donde se aprendían los sabores del origen, donde se tejía la memoria. Quitar eso de los hogares es como borrar páginas completas de nuestra historia colectiva.
La cocina como espacio de integración
En mis clases siempre insisto en que la cocina es uno de los mayores espacios de integración que existen. Lo he comprobado una y otra vez. A veces los alumnos llegan tímidos, retraídos, inseguros con el idioma o con sus propias habilidades. Pero basta una receta en común, un servicio bien organizado o una anécdota en medio del trabajo para que todo cambie.
La cocina enseña trabajo en equipo, tolerancia, humildad y disciplina. Enseña a escuchar, a esperar, a colaborar. Y eso no se aprende con un vídeo en el móvil; hace falta practicarlo. La formación profesional puede darles las herramientas técnicas, sí, pero la semilla del aprendizaje —esa curiosidad por lo que ocurre cuando se mezcla harina, agua y levadura— se planta en casa.
Por eso, cuando veo a familias que ya no cocinan, pienso en los futuros alumnos que tal vez nunca sientan esa curiosidad. Y también pienso en todo lo que se pierde a nivel humano: el diálogo que surge mientras se prepara la cena, el niño que prueba la salsa y da su opinión, el olor del bizcocho que despierta a todos los de la casa. Son pequeños momentos, pero de esos está hecha la pasión por la gastronomía.


Una cocina sin cocina
La tendencia arquitectónica y social hacia las “cocinas integradas y minimalistas” es otro reflejo de esta situación. Se venden apartamentos nuevos en los que el área de cocina apenas ocupa un par de metros cuadrados, sin horno ni espacio para cocinar con comodidad. Se sustituye el placer de elaborar por la rapidez de calentar.
El mensaje es claro: cocinar ya no es una actividad central de la vida doméstica, sino un trámite. Y, sin embargo, ¿qué es un hogar sin el olor del sofrito, sin el sonido de una sartén que chispea, sin la mesa donde alguien amasa pan o corta verduras?
Convertir las cocinas en rincones estéticos pero funcionalmente muertos es una renuncia. No sólo al placer de comer mejor, sino a una parte esencial de lo que somos. Las culturas nacen en torno al fuego, al acto de cocinar y compartir, no frente a un microondas.
El valor educativo de cocinar
En mis años como docente he comprobado que cocinar desarrolla habilidades que van mucho más allá de lo gastronómico: orden, concentración, memoria, precisión, responsabilidad y, sobre todo, creatividad. Y cuando los alumnos llegan con una base de haber cocinado en casa, aunque sea mínima, lo noto enseguida.
Saben reconocer texturas, entienden el punto de cocción, tienen intuición. Pero, sobre todo, sienten respeto hacia el producto. Esa sensibilidad se cultiva desde pequeños, observando, ayudando, participando en casa. Si eliminamos esa experiencia doméstica, llegaremos a una generación que, paradójicamente, lo sabe todo sobre comida gracias a las redes sociales, pero que nunca ha cocinado un plato de verdad.
Como educador, creo que es urgente recuperar la cocina doméstica como espacio de aprendizaje. No hace falta ser un chef ni tener utensilios caros. Basta con invitar a los niños a pelar una fruta, mezclar ingredientes, entender que el tiempo y el esfuerzo dan sabor. Esa vivencia es mucho más poderosa que cualquier masterclass.



La cocina que une generaciones
Recuerdo que en casa, cocinar era también una forma de transmitir identidad. Mis abuelos alemanes hacían platos que olían a invierno, a col, a pan negro, mientras que en Burgos mis tías preparaban guisos que parecían abrazos. Yo, entre dos mundos, encontraba en la cocina el punto de encuentro.
Esa fusión de culturas me enseñó que cocinar no sólo alimenta el cuerpo, sino también el sentido de pertenencia. He hablado con muchos compañeros que comparten esa sensación: en la cocina se aprenden las raíces y se entiende la diversidad.
Hoy, cuando veo cocinas vacías, me pregunto cuántas historias dejan de contarse. Cuántas recetas —que sólo existen en la memoria de quien las hacía— se perderán porque nadie las replicó. La cocina es también un lenguaje heredado, y si no lo hablamos, desaparecerá.
Cocinar: un acto de resistencia y de amor
Por eso, recuperar la costumbre de cocinar en casa no es una cuestión de nostalgia. Es una forma de resistir ante la uniformidad alimentaria. Es un gesto pequeño pero poderoso contra la prisa, contra la desconexión, contra la idea de que todo debe ser inmediato.
Cocinar nos devuelve el poder sobre nuestro tiempo y nuestra salud. Nos invita a apagar pantallas, a usar las manos, a compartir momentos. Y sí, puede que no siempre salga perfecto, pero precisamente ahí está su encanto: en la imperfección de lo hecho a mano, en la improvisación que da personalidad a cada plato.
Cuando enseño a mis alumnos a hacer un pan o una salsa, no les enseño solo técnica. Les enseño a tener paciencia, a confiar en el proceso, a disfrutar del olor que anuncia que algo está listo. Esa sensación no la da ningún paquete precocinado.
No dejemos las cocinas en silencio
Me gustaría que quienes lean estas líneas se detuvieran un momento a pensar en su propia cocina. ¿Cuánto hace que no preparan una comida desde cero, que no invitan a alguien a comer lo que han hecho con sus manos?
No se trata de moralizar ni de imponer nada. Pero sí de recordar que cocinar es un acto profundamente humano. Cocinar en casa es cuidar, recordar, enseñar, compartir. Es algo que nos hace comunidad. Y si dejamos que desaparezca, nos empobrecemos todos un poco más.
Ojalá no dejemos de cocinar en casa. Ojalá volvamos a hacer de la cocina un lugar vivo, donde los jóvenes vean, huelan y sientan que algo está pasando. Porque sólo así seguirán naciendo los futuros cocineros, y también las personas que, sin dedicarse a ello, disfrutarán de una vida más rica, más sana y más plena.
Cocinar en casa es un acto de cultura, de unión y de futuro. Si cerramos las cocinas, cerramos una puerta importante de la humanidad.




